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miércoles, 10 de abril de 2013

El pecado

Fuente: elcristianismoprimitivo (PUNTO) com/doct22 (PUNTO) htm

Capítulo 22

El pecado

“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5.12).

¿Cómo sería el mundo si no hubiese guerra, ni homicidios, ni robos, ni pleitos familiares? ¿Cómo sería si todos los hombres fueran perfectos como lo fue Adán antes de pecar? Sería un lugar bello, ¿verdad? Al comparar nuestro mundo pecaminoso con un mundo sin pecado se nos da una idea de cómo es el pecado.

El pecado ha sido definido de la siguiente manera: “cualquier pensamiento, palabra, acción, omisión o deseo contrario a la ley de Dios”. La palabra pecado se refiere a toda iniquidad y a la corrupción espiritual del alma. Es el opuesto de la justicia.

La Biblia define el pecado

· “El pensamiento del necio es pecado” (Proverbios 24.9).

· “Todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Romanos 14.23).

· “Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4.17).

· “El pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3.4).

· “Toda injusticia es pecado” (1 Juan 5.17).

El origen del pecado

El relato del origen del pecado en el mundo se encuentra en Génesis 3.1–8. Antes de que el pecado entrara en el mundo el hombre era puro y santo, vivía una vida muy feliz y estaba contento con todo. Él llevaba la imagen de su Creador; no sabía nada de la culpa ni de la muerte. El hombre estaba libre de toda condenación y gozaba de comunión con Dios. Pero después que Satanás engañó a Eva apareció entonces la primera transgresión del hombre, como dice en Romanos 5.12: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”. La naturaleza del hombre fue cambiada. En vez de ser “bueno en gran manera” (Génesis 1.31) como lo hizo Dios, ahora Dios tuvo que decir del hombre: “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3.23).

El pecado de Adán y los pecados nuestros

Ser un pecador no depende de la clase o el tamaño de los pecados cometidos. Un hombre roba una manzana y otro hombre roba mil dólares. Delante de Dios los dos son culpables. No por robar una cosa grande o pequeña, sino por robar. Cuando Dios nos dice una cosa y hacemos otra, lo que nos aparta de Dios es el hecho que fuimos desobedientes. No nos engañemos, pues, pensando que los pecados nuestros no son tan malos como los de otras personas. Por tanto, aunque nuestro pecado parezca muy pequeño será suficiente para apartarnos de nuestro Dios. El pecado de Adán y Eva cuando comieron del fruto prohibido no parece importante en comparación con los pecados y crímenes graves que se cometen en la actualidad. Sin embargo, su pecado bastó para separarlos de Dios y traer sobre ellos y sobre su descendencia la condenación de muerte.

1. El pecado de Adán

Un solo pecado destruyó la pureza, perfección, santidad y la vida del hombre. Este pecado no consistió solamente en extender la mano y tomar el fruto del árbol prohibido; tomar el fruto fue sólo el resultado del hecho de dejar a Dios y seguir a Satanás. El pecado, por lo tanto, fue la condición del alma y no sólo la acción de la mano que cogió el fruto. El hombre perdió su relación con Dios y por eso llegó a ser pecaminoso. Del pecado de Adán recibimos la corrupción de la naturaleza humana, la mortalidad y la separación de Dios. Esta condición se ha trasmitido de generación en generación y conduce a cada persona al pecado propio. Solamente la sangre de Jesucristo puede quitar esta mancha. (Lea Salmo 51.5; Hechos 17.26; Romanos 3.9–23; 5.12–19; 2 Corintios 5.14 y Efesios 2.3.)

2. Los pecados cometidos

Cuando el pecado existe en el corazón, éste se manifiesta de algún modo en la vida de la persona. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jeremías 17.9). Por tanto, “del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre” (Mateo 15.19–20).

A veces escuchamos la pregunta: ¿Soy yo responsable por el pecado de Adán? No. Pero el pecado de Adán, o mejor dicho la naturaleza pecaminosa que heredé de Adán, me hará pecar. Y eso sí me condenará delante de Dios.

3. Los pecados de omisión

Esto es cuando no hacemos las cosas que sabemos que debemos hacer. Dios, por medio de Santiago, nos dice: “Al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4.17). Si sabemos que Dios quiere que hagamos algo, y no lo hacemos, pecamos.

El pecado imperdonable

Este tema fue debatido varias veces por Cristo y los apóstoles, y la seriedad del mismo exige que lo volvamos a revisar. A continuación citamos algunos versículos de la Biblia sobre el tema:

“Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12.31–32).

“Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio” (Hebreos 6.4–6).

Nuestro Salvador dio la solemne advertencia contra el pecado imperdonable porque los fariseos lo acusaron de echar fuera a los demonios “por Beelzebú, príncipe de los demonios,” atribuyéndole así a Satanás el poder que sólo Dios posee (Mateo 12.24). Con relación a la blasfemia contra el Espíritu Santo bien se ha dicho que no es por falta alguna del poder de la sangre de Cristo que jamás se perdona este pecado ni por falta de la misericordia perdonadora de Dios. Más bien, es porque los que cometen el pecado imperdonable desprecian y rechazan el único remedio para el pecado, el poder del Espíritu Santo que aplica al alma del hombre la redención por medio de la sangre de Cristo.

Algunas personas temen haber cometido el pecado imperdonable. A ellos se les puede hacer una pregunta: ¿Desea usted arrepentirse y dejar el pecado? Si la respuesta es “sí”, entonces no ha cometido el pecado imperdonable, pues una verdadera angustia y arrepentimiento por los pecados es la mejor evidencia que no se ha cometido el pecado imperdonable. La Biblia dice que para los que cometen el pecado imperdonable “es imposible que (...) sean otra vez renovados para arrepentimiento” (Hebreos 6.4–6).

No debemos concluir que alguien ha cometido el pecado imperdonable y dejar de llamarlo al arrepentimiento. ¿Cómo podemos estar seguros que la persona ya no puede arrepentirse? Es por eso que sería mejor seguir llamando al tal, aunque creamos que no puede arrepentirse que dejar de llamar a uno que pudiera.

Hay personas que, teniendo en cuenta estos versículos, declaran que cuando un cristiano cae en pecado nunca puede arrepentirse. Pasan por alto versículos como Santiago 5.19–20; 2 Pedro 3.9 y 2 Corintios 7.9.

Las dos lecciones prácticas que podemos aprender de la enseñanza bíblica sobre el pecado imperdonable son:

1. “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10.12).

2. El hecho de que pecar contra el Espíritu Santo es el único pecado que pone al hombre más allá del arrepentimiento destaca la gracia y la bondad de Dios.

Lo que nos hace vulnerables al pecado

1. La depravación heredada

Como dice Pablo, somos “por naturaleza hijos de ira” (Efesios 2.3). Es decir, hemos heredado de Adán la tendencia hacia el pecado por medio de nuestros antepasados. Los hijos tienen la inclinación a pecar porque la han heredado de sus padres que también son pecadores. De manera que, sobre los padres descansa una gran responsabilidad de enseñarles a los hijos a refrenar su naturaleza pecaminosa y luego a encontrar en Cristo el remedio para su pecado.

2. La tentación

Satanás se aprovecha de la concupiscencia de los hombres, tentándolos a pecar. “Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” (Santiago 1.14). Por esta razón debemos huir de lo que atrae a nuestra naturaleza pecaminosa. (Lea Mateo 4.1–11; 6.13; 1 Corintios 10.13; Santiago 1.2–6, 12–17.)

3. La ignorancia

Por falta de entendimiento muchas personas han caído en pecados graves que han afectado toda su vida. Pero lo que necesita la humanidad no es el conocimiento del pecado, sino el entendimiento acerca del pecado. Este entendimiento debe ir acompañado junto con las instrucciones de cómo alejarnos de las garras mortíferas del pecado. (Lea Levítico 4.2–3; Salmo 79.6; Jeremías 9.3; Lucas 12.48; Hechos 17.29–30; Efesios 4.18.)

4. La ociosidad

Muchos jóvenes se han olvidado de los proverbios antiguos: “La ociosidad es la madre de todos los vicios” y “Una mente ociosa es el taller del diablo”. Ocúpese haciendo algo útil, algo que pueda hacerse para la gloria de Dios y escapará de muchos lazos en los cuales han caído los ociosos. Una de las maldiciones más grandes del tiempo moderno es que hay muchos padres que crían a los jóvenes sin enseñarles cómo trabajar. Dé trabajo a los ociosos del pueblo y limpie los lugares de ociosidad, y muchas de las maldades desaparecerán. (Lea Proverbios 10.4; 12.24; 13.4; 24.30–34; 26.15; 2 Tesalonicenses 3.10–12; 1 Timoteo 5.13.)

5. La indiferencia

La actitud de “¿qué me importa?” ha llevado a muchas personas a una vida de pecado. Al que nada le importa siempre escoge el camino que le parece más placentero, el camino de pecado.

6. La influencia de los malos compañeros

Nuestro peor enemigo, fuera de nuestra carne, es la persona que pretende ser nuestro amigo, pero nos insta a pecar. “Hijo mío, si los pecadores te quisieren engañar, no consientas” (Proverbios 1.10). ¿Ha visto usted lo que le pasa a una naranja buena después de haber estado entre naranjas podridas?

7. La avaricia

Hay gente que hacen ganancias por medio de negocios fraudulentos y no se dan cuenta que al sacrificar su integridad pierden algo de más valor que el dinero. Por tratar de mantener una posición alta en la sociedad, algunos han sacrificado una conciencia tierna sin darse cuenta que ellos salieron más bien perdiendo que ganando. Con el objetivo de ganar una posición alta anhelada algunos hombres se han envilecido renunciando a su integridad a cambio de ganancia o fama mundana. Cuando se sacrifican la piedad y la pureza a cambio de los tesoros mundanos (Proverbios 23.5) hay contaminación de pecado y la pérdida no puede ser recobrada con nada que este mundo ofrezca. Lea la historia del hombre rico y Lázaro (Lucas 16.19–31) y también la del rico insensato (Lucas 12.15–21).

8. La lisonja

Esto es algo que es más difícil resistir que la oposición abierta y directa. Es cierto que hoy, así como en los días de Salomón, “la boca lisonjera hace resbalar” (Proverbios 26.28).

Detrás de todo esto está la influencia y la obra del “padre de mentira” (Juan 8.44), el gran engañador de las almas que conoce las debilidades y las flaquezas de los hombres. Él no pierde ninguna oportunidad para conducirlos a la perdición. En resumen, todo pecador puede decir verdaderamente: “La serpiente me engañó, y comí” (Génesis 3.13).

Resultados del pecado

1. La muerte

El resultado del pecado se resume en esta advertencia a Adán: “Porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2.17). Y todas las citas que mostramos a continuación testifican que la muerte corporal y espiritual son la paga del pecado: “El alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18.4); “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6.23); “La muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5.12); “El pecado (...) da a luz la muerte” (Santiago 1.15); “Muertos en (...) delitos y pecados” (Efesios 2.l); “La que se entrega a los placeres, viviendo está muerta” (1 Timoteo 5.6).

2. La corrupción

El pecado es un proceso que corrompe la persona haciéndola vil ante los ojos de Dios y vergonzosa a la luz de la justicia y santidad verdadera. Es algo que no se puede eliminar ni por medio de la civilización, ni de las buenas costumbres, ni de la cultura. Pues al fijarnos en los países que pretenden ser más civilizados también encontramos que los mismos son parte de los medios más vergonzosos de inmundicia. ¿Adónde se puede ir en este mundo sin que la corrupción sea tan evidente? En todas partes se nota que los hombres son “amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3.2–4). El pecado es una enfermedad mortal que primero corrompe, y por último destruye alma y cuerpo (Romanos 1.20–32).

3. La miseria

Hay muchos que se engañan con la idea de que la religión sólo vale a la hora de la muerte; pero mientras viven prefieren la vida de pecado, suponiendo que sacan mayor satisfacción y placer del pecado. Pero, “no os engañéis” (Gálatas 6.7). ¿Por qué hay tanta miseria, pobreza, aflicción, dolor, enfermedades y plagas en el mundo? Es por causa del pecado. ¿Por qué hay cárceles, penitenciarías y escuelas de reformación de la conducta? ¿Por qué las peleas, las disputas, el asesinato, las persecuciones, las guerras y los otros pesares de la vida? ¿Por qué existen esas chozas miserables de prostitución en nuestras ciudades, el remordimiento de la conciencia, la angustia del alma y las esperanzas arruinadas? A causa del pecado. “¿Para quién será el ay? ¿Para quién el dolor? ¿Para quién las rencillas? ¿Para quién las quejas? ¿Para quién las heridas en balde? ¿Para quién lo amoratado de los ojos? Para los que se detienen mucho en el vino” (Proverbios 23.29–30). Esta lista de miserias y aflicciones es típica de lo que produce cualquier pecado. ¡Las palabras no bastan para describir los lamentos, los pesares y las desolaciones causadas por el pecado!

Es cierto que muchas veces el pecado trae lo que los hombres llaman placer. Como las drogas, el pecado da una sensación de placer momentáneo. Los que están bajo la influencia de este engañoso “jarabe que calma” miran con lástima o desprecio a los que andan en pasos de justicia y santidad verdadera. Pero tales placeres sólo son pasajeros. El que se toma un trago de vez en cuando corre el riesgo de llegar a ser el borracho que tambalea por las calles. El joven que fuma cigarrillos finalmente llega a convertirse en un esclavo enfermo. El jugador de suerte corre el riesgo de caer bancarrota y un libertino entregado a los vicios llega a ser un destructor de hogares. Como un “jarabe que calma” el pecado puede tranquilizar por un tiempo, pero sólo adormece a la víctima y le asegura el terrible día de la ira y de la retribución.

4. La condenación eterna

Los peores resultados del pecado no se experimentan en esta vida, sino en la eternidad. Cualquier cosa que se experimente en este mundo será muy ligera en comparación con lo que ha de venir. El edicto está escrito: “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6.7). Aquí sembramos, allá segamos. Si en esta vida sembramos para la carne, en el mundo venidero segaremos corrupción (Gálatas 6.8). Si aquí sembramos para el Espíritu, más allá segaremos vida eterna. Si los resultados del pecado aquí, manifestados claramente al hombre, son indescriptibles por la lengua y la pluma humana, ¡qué angustia y miseria habrá cuando se junten los lamentos y gemidos de las almas condenadas con los del diablo y sus ángeles, en medio de las llamas del infierno donde “el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos”! (Apocalipsis 14.1 l).

La liberación del pecado

¿Acaso no hay manera de escapar? ¿No hay alguna manera en que los perdidos y encadenados por el pecado puedan librarse de su esclavitud y escapar del castigo del fuego eterno (Judas 7)? Gracias a Dios, sí la hay. Hay perdón por los pecados cometidos si cumplimos con los requisitos de Dios para tal perdón (Lucas 24.47). “Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses 5.9). La gracia de Dios se extiende a toda alma. A cada persona encadenada por los grilletes del pecado le llega la invitación bondadosa y celestial: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios” (Isaías 45.22). No obstante, esta promesa se basa en la siguiente: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Isaías 55.7). “Si no os arrepentís”, el único resultado será que “todos pereceréis igualmente” (Lucas 13.3).

La victoria sobre el pecado

La libertad del pecado sólo es posible cuando la persona se somete al poder de Dios y a la dirección de su Espíritu. No hay poder, ni en la tierra ni en el infierno, que pueda negar a cualquiera la victoria perfecta en nuestro Señor Jesucristo, con tal que la persona cumpla con los requisitos de la palabra de Dios. Aunque se trate de los hombres más fuertes y más inteligentes lo cierto es que: “separados de [Cristo] nada podéis hacer” (Juan 15.5). Sin embargo, el más débil puede decir: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4.13). ¿Cómo, pues, venceremos?

· Por medio de la sangre del Señor Jesucristo: “Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero” (Apocalipsis 12.11).

· Por medio de la fe: “Y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Juan 5.4).

· Al vestirnos de toda la armadura de Dios: “Fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios (...) para que podáis resistir en el día malo, y (...) sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6.10–16).

· Por medio de la palabra: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmo 119.11).

Nuestra lucha contra el pecado significa una batalla continua contra los poderes del maligno. Pero tenemos que recordar que “las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios” (2 Corintios 10.4). Confiemos en Dios; su poder es infinito, su amor es infalible y él promete que nunca dejará ni abandonará a los suyos. Es nuestro privilegio experimentar continua y diariamente lo descrito por Pablo: “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8.37).


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