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miércoles, 10 de abril de 2013

La gracia y la revelación

Fuente: elcristianismoprimitivo (PUNTO) com/doct12and13 (PUNTO) htm

Las provisiones de Dios para el hombre

Los siguientes capítulos en este libro tratan ocho de las provisiones abundantes de Dios para la seguridad, la felicidad y el bienestar del alma humana.

Después de la caída vergonzosa del hombre en el Huerto de Edén, Dios, por su gracia, restauró al hombre al favor divino, haciendo provisiones para nuestra redención al darnos a su Hijo unigénito.

Dios nos ha revelado la verdad acerca del pasado, del presente y del futuro, los cuales nunca hubiéramos entendido por nosotros mismos.

Dios instituyó el hogar. Es en el hogar donde los hijos, durante el período de sus vidas en que forman sus hábitos, pueden ser amparados, instruidos para servir y enseñados para hacerle frente a los problemas de la vida.

El Señor ha establecido la iglesia donde el pueblo de Dios puede gozarse de la comunión el uno con el otro. Como pueblo de Dios podemos fortalecernos en la fe, servirnos los unos a los otros y unir nuestros esfuerzos a fin de ganar a los perdidos para Dios.

Dios ha establecido el gobierno civil para mantener el orden civil de la sociedad, mientras que los hijos de Dios, como extranjeros y peregrinos, se dirigen hacia una ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios.

Dios ha apartado un día, conocido en nuestros tiempos como “el día del Señor”, en el cual podemos descansar de los trabajos y cuidados terrenales, y entregarnos a la adoración de Dios y al fortalecimiento del hombre interior.

Además de todas estas bendiciones Dios nos provee el ministerio de los ángeles. Ellos son los mensajeros espirituales de Dios a los “herederos de la salvación”. Los ángeles tienen una relación estrecha con el hombre en esta vida y por la eternidad.

“Alaben la misericordia de Jehová, y sus maravillas para con los hijos de los hombres” (Salmo 107.8).




CAPÍTULO 12

La gracia

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Romanos 5.8–9).

La historia del género humano, apartado de Dios, puede resumirse en una sola palabra: fracaso. Pero la maravillosa gracia de Dios opera en el alma del hombre arrepentido para que pueda ser reconciliado con Dios por la eternidad. Veamos la historia de los fracasos del hombre junto con el trato misericordioso de Dios con él.

En el Edén

“He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones” (Eclesiastés 7.29).

1. El fracaso original del hombre

El hombre estaba en el paraíso hermoso de Dios y brillaba a la imagen de su Creador. Estaba libre del dominio del pecado y de la muerte. Poseía la tierra y estaba alegre en un mundo sin pecado, gozando de la comunión diaria con Dios.

Pero el hombre pecó. Perdió su inocencia y trató de esconderse de la presencia de Dios. Por desobediencia, el hombre perdió su posición en la familia de Dios y se hizo hijo del diablo.

2. La gracia de Dios

Pero Dios fue misericordioso. Él le comunicó al hombre el significado de su caída vergonzosa juntamente con la promesa bondadosa de un Redentor. Por supuesto, el Edén fue arruinado; pero Dios ya tenía preparado otro paraíso glorioso, “el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mateo 25.34). Este paraíso glorioso es la morada eterna del hombre con Cristo. La abundancia de la gracia de Dios se manifiesta al restaurar al hombre caído al favor y a la santidad de Dios.

Dios le concedió al hombre la oportunidad de comenzar de nuevo por medio de su gracia.

La familia de Adán

1. El fracaso del hombre

A Adán y a Eva les nació un hijo. El corazón de aquella madre palpitó con gran gozo mientras ella exclamó: “Por voluntad de Jehová he adquirido varón” (Génesis 4. l). Pero este varón llegó a ser un asesino. Caín mató a Abel porque su corazón estaba lleno de envidia y enojo debido a que el sacrificio de Abel fue aceptado mientras que el suyo fue rechazado. Aunque Caín fue expulsado de delante de los hombres esta advertencia no les sirvió a ellos por mucho tiempo. Con el transcurso del tiempo la maldad de los hombres aumentó tanto que la justicia de Dios no se hizo esperar. El juicio de Dios cayó sobre el género humano en la forma de un diluvio mundial.

2. La gracia de Dios

Pero Dios fue misericordioso. Viendo que Noé era justo, Dios preservó al género humano por medio de él. También preservó una simiente del ganado, las bestias, las aves y de todo reptil. Todos fueron protegidos en el arca durante el gran diluvio que Dios mandó para raer el pecado de la faz de la tierra (Génesis 7).

Fue por medio de Noé que se le concedió al hombre la oportunidad de empezar de nuevo.

La familia de Noé

1. El fracaso del hombre

Sin embargo, una vez más el hombre demostró cuán vil era. Al poco tiempo después del diluvio los hombres nuevamente llegaron a ser muy pecaminosos. En su orgullo intentaron edificar una torre que llegara hasta el cielo.

2. La gracia de Dios

Pero Dios fue misericordioso. El juicio de Dios cayó sobre ellos mientras edificaban la torre de Babel y la gente fue dispersada por toda la tierra. Aunque esto frustró los esfuerzos de los hombres, no obstante la corriente de maldad se detuvo sólo brevemente. Luego Dios llamó a Abram de entre sus parientes y sus amigos (Génesis 12) para llegar a ser “padre de muchedumbre de gentes” (Génesis 17.4). Abram obtuvo esta promesa: “Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12.3). Abraham obedeció.

Fue por medio de Abraham que se le concedió al hombre la oportunidad de empezar de nuevo.

La familia de Abraham

1. El fracaso del hombre

Pero Abraham, aunque era justo y favorecido por Dios, era humano. Al seguir el curso de sus descendientes por Palestina, Egipto, el desierto y otra vez en Palestina vemos que llegaron a ser una nación poderosa. Pero Israel se olvidó de Dios. El pecado arruinó la nación hasta que por fin Dios la entregó en manos de sus enemigos.

2. La gracia de Dios

Pero Dios fue misericordioso. A él no se le había olvidado la promesa que en la simiente de Abraham serían benditas todas las naciones de la tierra. A su tiempo la simiente de Abraham, el Redentor viviente que primeramente había sido prometido a Eva y que después fue descrito por los profetas, vino a este mundo pecaminoso “a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19.10). “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3.16). (Lea también Romanos 5.15.)

Por medio de Jesucristo, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1.29), se le concedió al hombre la oportunidad de empezar de nuevo.

La familia de Dios, el fruto de la gracia

El hombre apartado de Dios siempre fracasa. La condición tan desafortunada del género humano se explica en el hecho de que muchos no creen en Dios. Aun entre los que dicen que creen en Dios hay muchos que están tratando de alcanzar el cielo por medio de “la torre de Babel” (esfuerzos humanos) en lugar de hacerlo por medio del camino del Señor Jesucristo (la gracia de Dios).

Sin embargo, aunque todo el esfuerzo humano es vanidad, la obra de Dios en los corazones de los hombres es gloriosa. Desde los días de Adán la familia de Dios ha crecido, no pasando ni una generación sin que nuevos miembros fueran añadidos a su familia.

El pueblo de Dios comenzó a “invocar el nombre de Jehová” antes del diluvio (Génesis 4.26). La Biblia dice que “caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios” (Génesis 5.24). El escritor del libro de Hebreos menciona en el capítulo 11 una lista de hombres fieles que formaron parte de esa “tan grande nube de testigos” (Hebreos 12.1) que se acogieron a la gracia de Dios. Pedro, refiriéndose al pueblo de Dios en la época presente, dice: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2.9). Sí, la familia de Dios está creciendo. Al fin del tiempo presente se verá que hay una multitud innumerable en el cielo con Dios, pues la Biblia dice:

“Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero. Y todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono, y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se postraron sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo: Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y la honra y el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén. Entonces uno de los ancianos habló, diciéndome: Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son, y de dónde han venido? Yo le dije: Señor, tú lo sabes. Y él me dijo: Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero” (Apocalipsis 7.9–14).

Concluimos citando Tito 2.11–14:

“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.”




CAPÍTULO 13

La revelación

“Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (1 Corintios 2.10).

Un agnóstico, estando parado al lado de la sepultura de su hermano, pronunciaba una oración fúnebre. Entonces alguien le hizo la pregunta: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” El hombre respondió: “La esperanza dice: ‘Sí’; la razón dice: ‘Tal vez’”. No podía decir más, pues la mente más inteligente tiene sus limitaciones. Al rechazar la revelación de Dios su conocimiento se limitaba a causa de su mente finita.

Pero cualquier cristiano puede decir con certeza: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios” (Job 19.25–26). “Porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles” (1 Corintios 15.52). “Y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tesalonicenses 4.17).

¿Por qué esta diferencia? La respuesta se halla en una palabra: “revelación”. “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios” (1 Corintios 2.14). Por tanto, no puede resolver los misterios del pasado, ni penetrar los dominios más allá de la tumba. En esto, el filósofo incrédulo y el pagano de la selva son iguales. Hay misterios que, sin la ayuda de la revelación de Dios, no pueden ser resueltos por la mente humana. El origen de la materia, el origen de la vida, el origen del hombre, el destino eterno del hombre, y muchas otras cuestiones han desafiado y frustrado las investigaciones del hombre incrédulo por miles de años. Estas cuestiones siempre serán misterios para los que rechazan las escrituras. Los mismos están más allá de nuestra capacidad humana. La única manera de entender tales cosas es por medio de aceptar la información de Aquel que todo lo sabe.

El hijo de Dios aprovecha la oportunidad de aprender lo que el incrédulo rechaza. Él mira el pasado y aprende que “en el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1.1). Mirando al futuro, él se asegura que “no todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados” (1 Corintios 15.51–52). “Como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (1 Corintios 2.9–10). El creyente acepta estas revelaciones y así llega a entender cosas aun más profundas. Pero el incrédulo rechaza la revelación de Dios y de esa manera continúa vagando en oscuridad.

Las revelaciones, verdaderas y falsas

Si una revelación viene de Dios, de nuestro prójimo, de un libro, de la naturaleza o de cualquier otra fuente el revelador tiene que tener el conocimiento verdadero de las cosas reveladas, de lo contrario, tal revelación es falsa. Una revelación no puede ser auténtica a menos que el revelador sepa lo que está revelando.

¿Quién conoce a fondo todo lo que tiene que ver con la eternidad, sino Dios? Dios ha escogido su palabra, la Biblia, como el medio para revelar al hombre esas verdades eternas. Tales expresiones como: “Así dice Jehová”; “Dice Dios”; “Jehová dijo”; “Dios dijo”, se encuentran muchas veces en la Biblia, demostrando que este libro afirma que es la palabra de Dios. Muchos preguntan: “¿Qué parte de la Biblia es digna de confianza como mensajera de las revelaciones de Dios?” Respondemos sin vacilación: “Toda”. Todas las revelaciones que vienen de Dios son verdaderas.

En el tiempo del Antiguo Testamento “Dios, [habló] muchas veces y de muchas maneras (...) a los padres por los profetas”, pero ahora “nos ha hablado por el Hijo” (Hebreos 1.1–2). En otras palabras, en las dos épocas Dios ha tenido sus portavoces autorizados por quienes revelaba su palabra y su voluntad a los hombres. Refiriéndose a las escrituras del Antiguo Testamento, Pablo escribió esto: “Toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 Timoteo 3.16). Además, con relación a los profetas del Antiguo Testamento, Pedro escribió: “Hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1.21).

Acerca de las escrituras del Nuevo Testamento algunos han promovido la idea necia y dañina que la parte más valiosa son los evangelios mientras que el resto es simplemente los escritos de los apóstoles. No obstante, todo lo que sabemos de Cristo y de su palabra fue revelado por la predicación y los escritos de los apóstoles y sus colaboradores. Ellos escribieron la parte biográfica del Nuevo Testamento (los cuatro evangelios y los hechos de los apóstoles), la parte epistolar (las cartas apostólicas desde Romanos hasta Judas y la parte apocalíptica (el libro de Apocalipsis). El apóstol Juan escribió uno de los evangelios, tres de las epístolas y el libro de Apocalipsis. Respecto a este último libro, Juan declara francamente que es “la revelación de Jesucristo” (Apocalipsis 1.1).

Los apóstoles fueron comisionados a proclamar el evangelio eterno de Cristo en toda su plenitud a un mundo perecedero (Mateo 28.18–20; Marcos 16.15; Lucas 24.46–47; Hechos 1.8; 9.15). Este evangelio del Señor Jesucristo era lo que ellos proclamaban oralmente o por escrito dondequiera que iban. (Lea Romanos 1.16; 2.16; 1 Corintios 14.37; 2 Corintios 4.5; Gálatas 1.8–9; 2 Tesalonicenses 2.15; 1 Timoteo 1.11; Apocalipsis 14.6.) De manera que todo el Nuevo Testamento es la palabra de Cristo.

Cómo Dios se revela al hombre

1. Por medio de Jesucristo

Lea Hebreos 1.1–4.

2. Por medio de la palabra escrita

¿Habrá algo que quisiéramos saber acerca de la creación, acerca del destino del hombre u otra cosa fuera del alcance del entendimiento humano? Las respuestas a estas interrogantes las podemos encontrar en la Biblia. En este libro divino el lector puede saber con relación al pasado, al presente y al futuro. Por supuesto, Dios en su sabiduría infinita no nos ha revelado todos sus planes, pero nos ha revelado lo suficiente para que creamos en él (lea Deuteronomio 29.29). La Biblia es la única fuente de información a la cual el lector puede acudir y aprender muchas cosas que habrían permanecido ocultas por las edades, a no ser por las revelaciones en este libro de Dios.

3. Por medio de la naturaleza

El salmista, hablando por inspiración de divina, podía escudriñar los cielos estrellados y decir: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19. l).

Una generación de científicos basando sus conclusiones sobre sus opiniones y observaciones limitadas decide que algunas partes de la Biblia no son ciertas. Otra generación de científicos que ha hecho más observaciones y estudios descubren que la Biblia no está equivocada, sino sus críticos. Y así continuará hasta que el hombre vea a Dios “cara a cara” (Génesis 32.30; 1 Corintios 13.12). Allí el hombre se dará cuenta que todas las palabras y las obras de Dios concuerdan perfectamente.

4. Por medio del Espíritu Santo

Acerca de los misterios que el hombre natural no puede percibir, Pablo dice: “Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (1 Corintios 2.10). Cuando el Espíritu de Dios entra en el alma del hombre la Biblia se convierte en un mensaje nuevo. “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2.14). El Espíritu Santo le da al hijo de Dios un discernimiento de la Biblia lo cual el hombre incrédulo más inteligente nunca puede alcanzar. (Lea Juan 14–16 para ver lo que dice Cristo acerca de la obra del Espíritu Santo.)

5. Por medio del ministerio de los ángeles

Fue por medio de los ángeles que Abraham supo acerca de la venida del hijo de la promesa (Génesis 18.1–15). De la misma manera se le comunicó al patriarca acerca de la destrucción inminente de Sodoma (Génesis 18.16–22). Lot fue advertido del juicio de aquella ciudad por medio de los ángeles (Génesis 19.12–13).

Veamos a continuación otros ejemplos de la obra de estos espíritus ministradores. A Balaam se le recordó que había recibido aviso acerca de su desobediencia a Dios (Números 22.26–35). A Zacarías le informaron de la venida de Juan el Bautista (Lucas 1.11–25). A María y José les fue revelado acerca del nacimiento de Jesús (Lucas 1.26–38; Mateo 1.18–2l). Los pastores de Belén recibieron las noticias del nacimiento de Jesús (Lucas 2.10–14). A José y a María se les dio instrucciones para que huyeran a Egipto (Mateo 2.13–15). A los discípulos se les aseguró que Jesús volvería de nuevo (Hechos 1.11). Pedro y Cornelio se conocieron el uno al otro, y la puerta del evangelio fue abierta a los gentiles (Hechos 10). Dios reanimó a Pablo y le dio seguridad respecto de sí mismo y de toda su compañía en el naufragio (Hechos 27.23–26).

6. Por visiones y sueños

Fue por medio de una visión que Abraham supo que los hebreos estarían 400 años en Egipto (Génesis 15.12–16). También fue una visión en Betel lo que marcó un punto importante en la vida de Jacob (Génesis 28). En esta visión Jacob vio una escalera que llegaba hasta el cielo y a los ángeles que subían y descendían por ella. Los sueños de José, por los cuales llegó a tener el apodo de “el soñador” (Génesis 37.19), nada más y nada menos fueron las revelaciones de Dios para él. Los sueños de Faraón, del jefe de los coperos y del jefe de los panaderos demuestran que hubo otros, además del pueblo de Dios, a los cuales Dios se manifestó por medio de visiones y sueños. Darío y Nabucodonosor también tuvieron sueños de parte de Dios. Las visiones de los magos, de Pedro, de Cornelio, de Pablo y de Juan son pruebas de que este método de Dios para revelarse al hombre se extendió a los tiempos del Nuevo Testamento. Todavía en la actualidad existen personas que han visto en sueños cosas que pasaron después. Aunque Dios sí se revela por medio de sueños y visiones debemos recordar que no todo lo que soñamos es revelación de Dios.

7. Por medio de la conciencia

Lea Romanos 2.14–16.

No existe conflicto entre las revelaciones divinas

¿Se contradicen entre sí las revelaciones de Dios? Nunca. Si existen supuestas revelaciones que se contradicen queda claro que las mismas no provienen de Dios. La Biblia nos amonesta “probad los espíritus si son de Dios” (1 Juan 4.1). ¿Acaso las revelaciones que recibimos están en armonía con Dios? Cuando nosotros escuchamos supuestas “revelaciones” que se dicen ser de Dios debemos hacer como los de Berea (Hechos 17.11). Escudriñemos las escrituras diligentemente para ver si estas cosas son ciertas. No puede haber ninguna revelación de Dios que no esté en armonía perfecta con la palabra de Dios, la Biblia.

Conclusión

¿Qué fue lo que capacitó a los “niños” para recibir lo que “los sabios y (...) entendidos” (Mateo 11.25) no comprendieron? La fe. ¿Qué es lo que capacita al campesino analfabeto para comprender más de la bondad, el amor y el poder de Dios que algunos de los hombres más educados no entienden? La fe. ¿Qué es lo que capacita al hijo de Dios para escudriñar los misterios del pasado y del futuro, mientras que los hombres mundanos que se han pasado la vida tratando de entender tales misterios han aprendido muy poco? La fe. Es por medio de la fe que la persona recibe los misterios de las edades. Donde no existe la fe, tales misterios no pueden ser revelados.

El hijo de Dios tiene muchos motivos para dar gracias a Dios por las muchas revelaciones maravillosas que él ha recibido. Al mirar hacia atrás podemos ver la puerta del pasado abrirse y por fe escuchamos las palabras: “En el principio (...) Dios”. Si miramos hacia arriba podemos contemplar por fe que se derrama un torrente de luz celestial sobre el tiempo actual. Cuando miramos hacia delante por fe vemos que la puerta al futuro empieza a abrirse ante los ojos del hombre, mientras oímos las palabras: “He aquí, os digo un misterio....” Así el cielo y la tierra se llenan de la luz de Dios.


Fuente: elcristianismoprimitivo (PUNTO) com/doct12and13 (PUNTO) htm

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